Con el grito en el cielo: Sobre el 24 de marzo de 1976, a 36 años

Cuando la juventud piensa y cuestiona el rumbo de un gobierno antipopular, molesta. Cuando además, esa juventud se organiza, resiste, escribe y sueña con una utopía de una Patria distinta -de la que querían los exterminadores-, entonces, los integrantes del grupo son considerados extremistas, rebeldes y subversivos. En consecuencia se los quiere atar, mutilar, “chupar”, torturar, secuestrar, detener clandestinamente y exterminar.


En los años 70` existían jóvenes que caminaban haciendo historia. Escuchaban música como una forma de relacionarse y encontrarse. Expresaban su rebeldía ante las injusticias de cualquier lugar del mundo, buscaban la libertad y se manifestaban creando universos con la palabra y retrucando las costumbres y valores tradicionales y preestablecidos, por eso eran tildados de absurdos y delirantes. Auténtica hermandad organizada. Militantes populares.

Esos mismos jóvenes se interesaban por la política, por las condiciones de vida de los demás, por la salud, por la educación, y por las condiciones de trabajo de todos los argentinos. El vecino y el otro también soy yo: esa era la bandera que más se alzada.

Soñaban con la construcción de un mundo más justo, más solidario y más integrado. Cuestionaban las desigualdades sociales, los privilegios de la oligarquía y que repudian las exclusividades que querían ser impuesta desde afuera.

Esas, principalmente esas -entre otras-, son las razones que dieron lugar al último genocidio militar en nuestro país.

La dictadura del 24 de marzo de 1976 no dirigió un ataque generalizado o sistemático contra la población civil. No se trataba de excesos aislados. La oligarquía, para erradicar el proceso de industralización en la Argentina y, así poder trasnacionalizarse e imponer como política económica todo tipo de libertades y desregulaciones contra los intereses populares (libertad de precios, cambiaria, de exportaciones e importaciones, de tasa de interés y de reforma financiera , de contratación salarial , etc).NorbetoGalasso, “Historia de la Argentina, Desde los Pueblos Originarios hasta los tiempos de Kirchner””, Ed. Colihe, Buenos Aires, 2011, Tomo II Gallaso, Norberto pag. 521,comprendió que era necesario instalar el terror en el sector que más podía cuestionar y resistir a esas pretensiones: la juventud politizada y organizada.

Dejando todo al servicio de la mano invisible del mercado y del capital extranjero, alegando que así se encontrarían el equilibrio y estabilidad de la economía -el resultado aún lo seguimos pagando- el gobierno de facto se arrogó facultades extraordinarias con poderes ilegales e ilegítimos para aplicar el Terrorismo de Estado.

Ellos se autodenominaron como el Proceso de Reorganización Nacional. El Plan de Exterminio premeditado tenía un guía de acción específica dirigida a grupos determinados de personas. La doctrina de la Seguridad Nacional se ocuparía de pretenden justificar los injustificable e incomprensible. El orden de la distribución de la riqueza era el justificativo que requería actuar con la mayor eficiencia. La Independencia Económica debía ser sepultada para siempre.

Con la finalidad de que las próximas generaciones encarnen el espíritu militar en lo más profundo de su alma a modo de panóptico controlando sus acciones e iniciativas, aquellos jóvenes patriotas, luchadores y soñadores fueron castigados y desaparecidos. Con el miedo y el terror engendrado, ya nadie más se atrevería cuestionar e impedir el modelo económico que tanto les interesaba.

El Plan Criminal Genocida -firmado por Videla en 1975- ligado íntimamente a un proyecto político y económico de país determinado, se aplicaría desde el propio Estado para destruir los grupos que lo impedían o podían impedirlo. Se buscaba disciplinar, inmovilizar y vaciar de contenido. De esta manera, conviviendo con la amenaza y la sensación de angustia, se impediría que fuéramos por los mismos sueños.

Por atreverse demasiado en serio y comprometidamente a soñar con un mundo distinto, más justo, solidario e igualitario, los jóvenes fueron el principal foco de la barbarie. El tiempo del vale la pena fue brusca y criminalmente reemplazado por los tiempos del no te metas y el algo habrán hecho.

Estigmatizados esos jóvenes y todos sus grupos de pertenencia se decide su eliminación. Los señores del odio se aterrorizaban –y se aterrorizan- con pensar que los hijos de esa juventud soñadora, auténtica hermandad organizada, tuvieran sus hijos y que éstos nacieran y sean criados al calor de esos valores de la soberanía política y justicia social que pongan en jaque sus privilegios. Quizás por eso nos han arrebatado nuestra identidad. La prensa cómplice informaba desapariciones donde, en rigor de verdad, había cobardes fusilamientos como enfrentamientos en desigualdad de condiciones. ¿Quiénes son los que tenían miedo en realidad?

Con la pretensión de imponer el olvido eterno, limpiar sus culpas y dar por abolidos los brutales crímenes cometidos durante el período que va desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982, el gobierno militar, el 23 de marzo de 1983, dictó la Ley N º 22.924 de autoamnistía invocando una presunta reconciliación nacional, como excusa para justificar y legalizar la impunidad, dictan así una amnistía sobre sí mismos, ante la posibilidad de ser enjuiciados por el próximo gobierno constitucional y dejando de facto impunes las graves violaciones a los derechos humanos. Como si no existieran victimas, como si nada hubiera ocurrido…, lo que resulta insostenible en el marco de un Estado de Derecho que coloque y prevalezca a la Vida como valor supremo.

Pero el silencio con el tiempo siempre habla, y aquello que se calla en una generación, la otra lo lleva grabado en el cuerpo.

La iglesia católica colaboraba. La Sociedad Rural aplaude. Siempre aplaude, a lo largo de toda la historia ha aplaudido a los criminales del pueblo. La Corte Suprema convalidó ambas leyes con flacos argumentos.La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir. (E. Galeano)

En los 90` con Menem como presidente, comienza el periodo de la despolitización de la política. Esa juventud pérdida y sin rumbo, no piensa ni se cuestiona lo que acontece a su alrededor, está confundida y desorientada. Sumergida en el individualismo ya no se solidariza con el compañero de al lado. Así, se aleja de la política por considerarla sucia y ajena a sus sueños: la formula resulta perfecta y funcional a los intereses de los sectores exclusivos. La esquina del barrio pasa a ser nuestro único refugio. El ghetto de los pibes.

¿Se puede construir un país en base al dolor, a la desaparición y a la declaración de ausencia..?, ¿puede haber un punto final sin verdad?, ¿Se puede convivir con la impunidad?
En el 2003, Nestor Carlos Kirchner jugueteando con el bastón de mando nos comienza a sacar del infierno. Desde el principio de su gobierno, Nestor viene a saldar definitivamente lo que los gobiernos anteriores no habían hecho: Alfonsin si bien tacha de inconstitucional la ley de autoanmistía, habilitando así el juzgamiento de los miembros de las juntas militares, luego sede ante sus presiones y les otorga las leyes de “punto final" y la "ley de obediencia debida", justificando y extinguiendo las acciones penales contra los militares genocidas por haber actuado en virtud de obediencia debida. Menen, por su parte, pretendió darnos una dosis más de amnesia al dictar los decretos de Indulto, con la intención de eximir de responsabilidad a los perpetradores y enterrar el asunto definitivamente. Reinstalando la impunidad en el sentir de la mayoría de los argentinos. A pesar de todo, las flores siempre llaman al sol y los códigos de silencio van a llegar a su fin.

De esta manera, Nestor: remueve la cúpula del Ejercito y de la Policía Federal; consigue la anulación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final para ponerle fin a la impunidad -no puede exonerarse de responsabilidad penal a quien haya actuado invocando obediencia debida o en cumplimiento de órdenes superiores-; Inagura el museo de la Memoria en la Esma, obligando al Jefe del ejercito a descolgar los cuadros de los dictadores. Al bajarlos, les decía que efectivamente la historia se iba a ocupar de ellos. Asimismo pide perdón en nombre del estado por los delitos cometidos por el terrorismo dictatorial. Declara que los argentinos somos hijos y nietos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, nuestras madres, esas mujeres valientes que con sus pañuelos blancos marchando con coraje todos jueves han hecho posible que hoy podamos contar esta historia de esta manera. Las marchas de la resistencia se acaban y el amor comienza a derrotar al odio, se vuelve a soñar y construir un país donde todo es para todos.

Se recupera a la política como herramienta de transformación, y la con la referencia de Nestor, la juventud –que antes se identificaba en la figura del Indio o del Chizo o en alguna otra covacha- retorna y se reincorpora a la política y a la militancia concreta, lo que se pone de manifiesto con la con el acto multitudinario del Bicentenario, y con el acompañamiento masivo de la despedida de Nestor, nuestro padre político.

Hoy 36 años después, América del Sur se solidariza con la desmilitarización y la juventud tenemos vuelos de Vida y no de muerte. La democracia ya no tiene miedo de recordar y se vuelve a caminar con el corazón. Lejos de ser una generación homogénea, entendemos que no somos nada sin el otro, que todos somos parte de una misma Patria. Por eso volvemos a involucrarnos en la política, participamos y pensamos en plural, discutimos y actuamos como actor protagónico en función de los intereses de todos los argentinos.

Como reacción, la nueva –y vieja- oligarquía o burguesía post-dictadura- de Los Macri, los Techint, los Pèrez Compac, los Fortabat, entre otros, todos primos políticos de los Rockefeller, a través de sus medios de comunicación nos siguen subestimando.

Nos subestiman como si los jóvenes fuéramos títeres apolíticos operables desde el gobierno, como sino eligiéramos libremente nuestro destino, pretendiendo quitar nuestra conciencia social y el valor de nuestra participación y protagonismo que tenemos al acompañar a nuestra Presidenta, dando a entender que el Gobierno y la Juventud que se moviliza e impulsa el proyecto Nacional y Popular son cosas distintas.

No es otra cosa que la incapacidad para reconocer y aceptar virtudes ajenas. Su menosprecio, si bien no dignifica nuestra labor, en algún punto puede resultarnos estratégico. Ya no dan miedo sino pena, mientras sigamos soñando seguiremos triunfando.


Matías P. Gualtieri