Sigamos discutiendo. Por Federico Susbielles.

Observando la crisis española, y más allá de las marcadas diferencias en cohesión social e infraestructura, uno no puede evitar recordar a la Argentina de diciembre de 2001. La gente en la calle diciendo basta, el trabajo escaso y gobernantes sin legitimación social, que no representan a nadie.


Ajuste, ajuste y más ajuste; hasta que un día no queda nada más que ajustar, porque de tanto ajuste no ha quedado nada. Ni la ilusión dejan en pie.

Países sin soberanía política y económica, un Estado que claudica y se retira y deja a los más necesitados al alcance de los lobos, negándose a sí mismo.

Pasaron pocos años de aquello aquí en la Argentina.

Y uno mira hacia atrás y recuerda, y valora en su justa medida a ese hombre que inesperadamente vino del sur en 2003, a escribir una nueva historia. Alguien que con valentía y principios iba a iniciar el camino que hoy profundiza nuestra Presidenta para sacar a este país del infierno en que estaba sumergido.

Fueron muchas las medidas que impulsó, fueron muchas sus cualidades; pero hay una que marcó a fuego su vida hasta el último segundo y es a mi juicio su mayor legado: su Pasión. Esa que tuvo para defender sus ideas con firmeza, no dejar de lado sus principios en la puerta de la Casa Rosada, interpelar con vehemencia al omnipresente mercado de los 90 y recuperar a la política como la única herramienta existente para transformar la realidad, para mejorarle la vida a la gente.

Con eso me quedo yo, si tengo que quedarme con una cosa, esa es mi elección. Esa Pasión es su esencia. Es el motor del cambio, del futuro. Está presente en los miles de jóvenes que se suman a la actividad política, en los millones de argentinos que discuten hoy acaloradamente, a veces desencajados, acerca de la cosa pública. Discuten el Estado. No hay logro mayor que ése. Y debemos cuidarlo. En 2001 aquí no se creía en nada ni en nadie. La consigna era que se vayan todos. Se votó por Clemente, por Bin Laden, por Mafalda. El infierno aquel estaba tapizado de indiferencia. Por eso cada debate, cada cruce de comentarios en las redes sociales, cada polémica que se enciende, es una batalla ganada. Lo imagino a Néstor mirando sonriente.

Hoy reina la Pasión. Discutimos todo y en todos lados. Y es lo mejor que nos puede pasar, aunque pensemos distinto, porque de nuestras contradicciones, de nuestros desencuentros, de nuestras opiniones divergentes irán surgiendo nuestros puntos en común, nuestros acuerdos, nuestra identidad.

Y debemos seguir discutiendo. Y decidiendo a través del voto popular. No las corporaciones, no los intereses sectoriales. Nosotros. Eso es lo que va a garantizar la existencia de un proyecto colectivo, solidario e inclusivo.

Los invito entonces a que sigamos discutiendo y construyendo Patria. Mientras la pasión marque el rumbo el futuro es nuestro.

Y ánimo España: si están en la calle, van por el buen camino.

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